Juan de los muertos causó mucha hilaridad

1 Mayo 2012

 Rosalina Orocú Mojica (rosalina.orocu@epasa.com)

 
PANAMA AMERICA


Dice el viejo adagio que “al que le caiga el guante que se lo plante”. Eso es, echar cortinas de humo no se vale, y los Gobiernos y los políticos deberían aprenderlo de una vez por todas. Sí, decíamos, que meter la cabeza en el hoyo, como el avestruz, pretendiendo que no pasa nada, no se vale y es un juego donde cuando se gana se puede estar perdiendo. No se vale, tanto porque el pueblo no tiene un pelo de tonto, como porque, a la larga, la verdad sale a relucir y quienes quedan como tontos son los mentirosos. Aparte de que la nariz les crece como a todas las marionetas. Si acaso no me creen, pregúntenle a Gepetto y a Pinocho.

Todo esto me viene a la mente luego de ver una película del Festival Internacional de Cine de Panamá, IFF- Panamá, “Juan de los muertos”, que se proyectó la semana pasada y cuyo título y los avances que de ella había visto antes en internet no me llamaron para nada la atención, porque nunca, entiéndase, nunca me han gustado las denominadas “Thriller” donde uno queda salpicado de sangre, de tanta que se derrama a diestra y siniestra. Basta con la violencia de la vida real para irla a ver en el cine también.

Iba prejuicida a verla. Lo admito.

¿Al final? Con todo y que era macabra, era exagerada, porque pasaban cosas que solo en las películas pasan, pero, comparadas con la realidad se quedan cortas, porque hay países y Gobiernos que creen que el pueblo aún se chupa el dedo y les cree todo.

La película, me pareció que fue una sátira de las películas de miedo y a la par de los medios cubanos (recuerden que “en todos lados se cuecen habas”), porque, aunque la masacre era constante y los zombies pululaban por doquier, los medios querían tapar el sol con la mano y como había que achacarle la culpa a alguien por la alteración de la paz social, pagaban el pato “los disidentes”, los norteamericanos o los rusos.

El sueño dorado, la panacea que era Estados Unidos, fue otro tema que salió a colación en él, después de todo, divertidísimo filme de casi dos horas, dirigido por Alejandro Brugues.

Dice el viejo adagio que “al que le caiga el guante que se lo plante”. Eso es, echar cortinas de humo no se vale, y los Gobiernos y los políticos deberían aprenderlo de una vez por todas. Sí, decíamos, que meter la cabeza en el hoyo, como el avestruz, pretendiendo que no pasa nada, no se vale y es un juego donde cuando se gana se puede estar perdiendo. No se vale, tanto porque el pueblo no tiene un pelo de tonto, como porque, a la larga, la verdad sale a relucir y quienes quedan como tontos son los mentirosos. Aparte de que la nariz les crece como a todas las marionetas. Si acaso no me creen, pregúntenle a Gepetto y a Pinocho.

Todo esto me viene a la mente luego de ver una película del Festival Internacional de Cine de Panamá, IFF- Panamá, “Juan de los muertos”, que se proyectó la semana pasada y cuyo título y los avances que de ella había visto antes en internet no me llamaron para nada la atención, porque nunca, entiéndase, nunca me han gustado las denominadas “Thriller” donde uno queda salpicado de sangre, de tanta que se derrama a diestra y siniestra. Basta con la violencia de la vida real para irla a ver en el cine también. 

Iba prejuicida a verla. Lo admito.

¿Al final? Con todo y que era macabra, era exagerada, porque pasaban cosas que solo en las películas pasan, pero, comparadas con la realidad se quedan cortas, porque hay países y Gobiernos que creen que el pueblo aún se chupa el dedo y les cree todo. 

La película, me pareció que fue una sátira de las películas de miedo y a la par de los medios cubanos (recuerden que “en todos lados se cuecen habas”), porque, aunque la masacre era constante y los zombies pululaban por doquier, los medios querían tapar el sol con la mano y como había que achacarle la culpa a alguien por la alteración de la paz social, pagaban el pato “los disidentes”, los norteamericanos o los rusos.

El sueño dorado, la panacea que era Estados Unidos, fue otro tema que salió a colación en él, después de todo, divertidísimo filme de casi dos horas, dirigido por Alejandro Brugues.